Imagina que estás esperando la respuesta de una empresa donde has realizado una entrevista de trabajo. Pasan los días, no contestan y empiezas a mirar el móvil cada dos minutos. Ese nerviosismo no es tontería; es tu cerebro intentando protegerte de lo que no conoce. El cerebro humano funciona como una «máquina de adivinanzas»: su trabajo es saber qué va a pasar después para que nada malo nos pille por sorpresa. Cuando hay una duda, como no saber si te darán el empleo, el cerebro se siente en peligro porque no puede planear qué hacer.
Dentro de tu cabeza, hay dos partes principales peleándose en ese momento. Primero está la amígdala, que es como una pequeña campana de alarma situada en lo profundo del cerebro. Cuando no sabes qué va a pasar, esta alarma empieza a sonar con fuerza, poniéndote en un estado de «alerta máxima». Por otro lado, en la parte de adelante, justo detrás de la frente, tienes la corteza prefrontal, que es como el «jefe sabio» del cerebro encargado de pensar con calma y lógica. El problema es que, ante la duda, la alarma (amígdala) suena tan fuerte que el jefe (corteza) se aturde y no puede trabajar bien, por lo que terminas dejándote llevar por los nervios en lugar de la razón.
Esta desesperación por saber algo es tan real que preferimos una mala noticia antes que quedarnos con la duda. Unos científicos hicieron un experimento curioso: conectaron a varias personas a unas máquinas que daban calambres suaves. Descubrieron que la gente se estresaba mucho más cuando había un 50% de probabilidades de recibir el calambre que cuando sabían con un 100% de seguridad que les iba a dar. Es decir, preferimos saber seguro que algo malo va a pasar antes que vivir con la incertidumbre, porque la duda «quema» más que la propia herida.
Para intentar callar esa «alarma» interna, el cerebro nos empuja a hacer cosas que nos den una falsa sensación de control, como mirar el móvil a cada rato, llamar varias veces o darle vueltas a lo mismo una y otra vez. Esto ocurre porque otra zona del cerebro libera una sustancia llamada dopamina para que actuemos rápido y sintamos un pequeño alivio al «hacer algo», aunque ese «algo» sea solo mirar una pantalla vacía. Sin embargo, intentar controlarlo todo nos acaba agotando y nos pone más tensos a la larga.
Para calmar estrés ante situaciones de incertidumbre, existen soluciones prácticas que ayudan a que el «jefe sabio» (la corteza prefrontal) recupere el mando. Una de las más efectivas es dormir bien y a las mismas horas, ya que el sueño fortalece esta zona del cerebro y nos ayuda a controlar mejor las emociones. También ayuda mucho el entrenamiento de la atención (o mindfulness), que sirve para bajar el volumen a la campana de la alarma (la amígdala) y que no reaccionemos tan fuerte ante lo que nos asusta. Por último, puedes intentar «desafiar» tus miedos: cuando pienses que algo va a salir fatal, pregúntate si tienes pruebas reales de ello o si solo es tu imaginación dándole vueltas a la duda. Salir un poco de lo de siempre y hacer cosas nuevas también enseña a tu cerebro que, aunque no sepa qué va a pasar, al final todo suele salir mejor de lo que teme.
Y recuerda que si tienes dudas y quieres hablar con una psicóloga, puedes contactar con la sala de psicología 🙂